Se ha largado a llover copiosamente, es decir, mucho.
Algunos lectores ya saben que vivo en San Martín, en la provincia de Buenos Aires.
Junto al cordón de la vereda se ha acumulado mucha agua y corre intensamente. Con el agua pasan botellas de plástico, bolsas vacías, bolsas llenas, cartones; mugre en general. Si bien la municipalidad local no es un dechado de virtudes, cada tanto desagotan las bocas de tormenta (muy “cada tanto”) y el barrendero pasa día por medio. Conclusión: la gente que por aquí mora, es mugrienta. Cuando algunas calles se inundan, protestan, cuando deberían hacer un mea culpa, o conseguir que alguien los reeduque, o los dome, como se hace con algunas bestias. ¿Parece duro?: es duro.
Y duro es el señor “Roña” Castro, desde su apodo claro. Antes de ayer, en una nota que le hicieran a través de Radio Mitre, se ufanaba de su violencia intrínseca, la que lo movía, de pibe, a tratar de pelearse con cualquier chico que se cruzara en la calle, provocándolo y luego golpeándolo, cosa que, al parecer, le producía placer.
Sin parecer una mala persona, su rusticidad e ignorancia, lo colocaron en ese plano.
No contento con sus declaraciones, festejó públicamente el que uno de sus hijos tenga hoy, la misma costumbre, es decir, el placer de pegarle a jóvenes que no han sido educados en la violencia, y que ésta no es su modo de vida. Todo, absolutamente todo lo declarado, fue festejado por el conductor del programa.
La decadencia es avalada por gente preparada, imbécil, pero preparada, y ese es el daño mayor, es lo peor que nos puede pasar.
Recuerdo también que el miércoles pasado cruzaba yo la avenida Alem, por la esquina del Ministerio de Trabajo, donde había una manifestación por lo planes de familia, los planes trabajar o cualquier otro plan que enseñe que pedir es más fácil que romperse el lomo y el seso. Entre la gente que tuve que esquivar; muchos con zapatillas impecables (bien mostrenco de la postmodernidad), había chicos de no más de trece años, con garrotes de unos cuarenta centímetros de largo (no más debido a su altura), colgando de sus muñecas con agarraderas de soga. Dan miedo, y se les permite dar miedo, como un reconocimiento a su lucha (de tercera generación, por lo menos) a seguir recibiendo limosna en vez de cultura, que no siempre refiere a los libros, también refiere al sacrificio, al trabajo y a no creer, que los que "tienen" les deben, porque un gerente, también es pueblo; un médico, también es pueblo; un empleado de comercio, también es pueblo, y pocos, tiene celulares nuevos y zapatillas nuevas para sus hijos, porque pagan cada mes el precio de sostener a quienes portan garrotes, y ante la mayoría de edad, también capuchas.
La patria se desangra, mientras los permisivos habilitan a los violentos, y nosotros los bancamos a todos.
|