Recuerdos de hace muchos años
Mi primer caballo se llamaba Relámpago, claro que no e un nombre muy gauchón que digamos, más vale parece el nombre de un caballo del legendario Cisco Kid.
Pero la cuestión es que relámpago apareció en mi vida, al día siguiente de que tomáramos posesión de la casa que mi padre comprara en Tanti, hermoso lugar del Valle de Punilla, en la provincia de Córdoba.
Creo que a poco de abrir mi valija y guardar mi ropa, salí a buscar quién me vendiera un caballo, o algo parecido, porque, en realidad, compré el primero que me ofrecieron.
Como jovencito apresurado, no busqué consejo ni opinión… “el hombre quería un caballo”.
Relámpago era un alazán malacara de patas blancas, aún conservo unas fotos de él y con él.
Hay una muy particular en la que estoy montado con un “jean” cortado, una remera y descalzo, sobre una manta suelta (no todos los tradicionalistas nacimos en el mismo rancho que Martín Fierro), y mi querido yeguarizo, parado de manos (en dos patas), casi vertical, situación poco traumática a la que se llegaba con un simple tironcito de las riendas. Gracias a Dios nunca se quiso bolear (echarse con todo el cuerpo para atrás), porque ese jueguito lo hacíamos veinte veces por día. Y es que Relámpago no lo hacía de nervioso ni como un acto salvaje cual “reservado” (caballo de jineteada) para sacarse al jinete de encima. Hasta me parece que se divertía.
Si bien mi flete estaba a campo, era verano y había buen pasto, alguien, unos días después, me hizo ver que estaba flaco. Era cierto, a la altura de las costillas se notaba como un arpa, y no era, precisamente, por gordura.
En el potrero de nuestra morada serrana estaba escaseando ya el pasto y comencé a darle ración, ergo, avena y alfalfa.
El tipo comía y comía, y después de una veintena de días, nada parecía haber quedado en su interior. Así pasó enero, y promediando febrero, la cosa seguía igual. Claro que nadie pretende “levantar” un caballo en dos meses, ¡pero yo quería que no se le viera la osamenta!
Alguien me hizo notar que tiraba mucha avena al comer, como si no entrara en la boca.
Ceballos, un paisano que años más tarde me vendiera uno de los buenos caballos que tuve en la sierra, le abrió la boca y sentenció: “Es el haba”, explicando, ante mi cara de asombro, que le crecía la carne en el paladar, a la altura de los molares y que eso no lo dejaba comer. Científicamente digamos que es un tumor que se les forma a los equinos en el paladar, inmediatamente detrás de los dientes incisivos. Más o menos lo que dijo el bueno de Ceballos.
Creo que esperamos a las vacaciones de invierno, por cuestiones sanitarias y para que no lo joroben los bichos, para hacer la operación, concretada por el hermano de mi asesor, con un pequeño cuchillito que utilizaba en su carnicería.
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