LOS CABALLOS DE TERRACOTA

19 Septiembre 2017

Por Raúl Oscar Finucci

En el Día Nacional del Caballo (20 de septiembre), conmemorando la llegada a los Estados Unidos, de Mancha y Gato en 1928, es que publicamos esta nota aparecida en la edición 325 de la revista El Federal y escrita por nuestro director.

Para comenzar esta nota, es bueno que aclaremos que cuando el lector se ubique geográficamente en ella, no piense que hemos perdido el rumbo que le damos habitualmente a estas páginas, lo que sucede, es que no debemos desdeñar “la otra historia”, la de los que nos precedieron, y se inmortalizaron para ser admirados.

Es sabido que los chinos se interesaron siempre por la arqueología; ya desde la dinastía Han (206 a.C. – 220 d.C.) se dedicaron a la búsqueda y conservación de los testimonios de su pasado. Este rumbo tuvo su consecuencia después de la fundación de la República Popular China en 1949, con la fundación de cientos de museos que mostraron el pasado a casi todo su pueblo.
Shi-huang-ti (r.221-209 a.C) fue el primer emperador de la casa Chin. Reunificó el gigantesco imperio, con un sistema centralizado de administración que funcionó hasta 1912. Conquistó el centro y sur de China, hasta Indochina, e hizo de los distintos tramos amurallados contra el Norte, una primera muralla continua de tierra, precursora de la Gran Muralla (China), la que no se cubrió con piedras hasta el siglo XV. Era un hombre de profundos cambios; unificó las leyes, pesas y medidas del país. Modificó la escritura, hizo nuevos caminos y fijó el ancho “de rodada” de los carruajes.
En oportunidad de enfrentarse a la resistencia de los llamados “legalistas”, en 213 a.C, ordenó quemar los libros de la tradición feudalista, produciendo la primera quema de libros de que se tenga registro.
Este poderoso hombre soñaba con una dinastía de mil generaciones, pero muerto él, solo duró tres años a manos de su hijo.
Su pirámide sepulcral estaba rodeada por dos cercos, uno de 2.173 por 974 metros y el otro de 684 por 578 metros.
De este conjunto edilicio ya se hablaban maravillas ciento cincuenta años antes de Cristo.
Tenía también un impresionante fortificado, con sus trincheras y defensas varias, capaz de resistir un poderoso asalto con la tecnología de la época. El palacio está defendido por todo un ejército de terracota, formado por cerca de siete mil soldados perfectamente armados y pertrechados, apoyados por carros de combate. Es evidente que se suponía que los soldados quedarían a las órdenes del emperador en la otra vida.
Las armas reales de cada soldado son de bronce tienen un tratamiento para evitar su deterioro, lamentablemente fueron saqueadas en su mayoría, por campesinos que las utilizaron para organizar una revuelta contra la dinastía que esas reproducciones (reales por cierto) defendían.
Y entre el tremendo ejército, sus armas y sus carros, se encontraban caballos de excelente factura; todo un paisaje conmovedor, que mueve nuestro interés, por ser el nuestro, un país de caballos.
Pero el ejército de terracota es muy superior al que sería necesario para proteger la fortaleza que se construyó como última morada del emperador. ¿Sería posible que fuera un ejército de invasión? Quizás la tumba no fuera defensiva, como siempre se ha supuesto, sino la fortaleza que sirviera como centro de operaciones para conquistar el otro lado … si Shi-huang había conquistado el mundo de los vivos ¿porqué no proponerse conquistar el de los muertos?
Es impresionante el ver las fotografías del interminable “ejército de terracota”. Casi siete mil figuras humanas, carros y caballos, en perfecta escala, dan una imagen acabada de la importancia de un ejército numeroso para aquellas épocas en que la guerra era cuerpo a cuerpo; “a puro coraje y destreza” como dice un verso criollo, porque un hombre de a pié, poniendo su alma en el combate, es un héroe en la antigua China o en la Guerra del Paraguay, y un hombre de a caballo, allá lejos en el tiempo, o un gaucho en nuestras guerras de la independencia, es dueño de la inmortalidad, acaso como nuestros patriotas.