“EL CUERO A CUALQUIERA LOBO…” (José Hernández)

19 Marzo 2018

 

Por Carlos Raúl Risso

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Cuando por octubre de 2015 nos concentramos en escribir un artículo sobre el poncho de cuero de Justo J. Urquiza*,

a raíz de la réplica confeccionada por la artesana/artista Graciela Roso, y mientras también trabajábamos compilando material para la edición N° 85 (9/2015) del Boletín de los Escritores Tradicionalistas, encontramos en el libro “El Caballo, sus aportes…” de Juan C. Artigas, un comentario titulado “Poncho de Cuero”, en el que aludía a la sextina del “Martín Fierro” que dice: 

“Y cuando sin trapo alguno
nos haiga el tiempo dejao-
yo le pediré emprestao
el cuero a cualquiera lobo-
y hago un poncho, si lo sobo,
mejor que poncho engomao.”

A su vez Artigas había tomado el tema de otra revista, donde el interrogante era a que lobo se referiría el poeta, ya que en la pampa no existían, y dejaba abierta la posibilidad de que fuese el yeguarizo cimarrón llamado “lobo” en la región cuyana.
Decir que nos picó la curiosidad, quizás sea quedarnos corto con la sensación de ese momento. Este es el resultado de lo que poco a poco hemos ido averiguando.
Descartado el cánido “lobo” -probable ancestro del perro doméstico-, ya que no existió por estas llanuras pampeanas, nos quedaba informarnos sobre qué era eso del “yeguarizo lobo”, para lo cual nos comunicamos con el Presidente de la Federación Gaucha de San Luis, el compadre Carlos Hermán Fernández, quien gentilmente nos refirió que tanto en la zona precordillerana de Mendoza como de San Juan, hasta no hace mucho, una vez al año subía la paisanada (hasta 100 personas) en forma organizada, y poco a poco iban juntando y arreando los yeguarizos cimarrones hacia los valles de abajo, donde se procedía a realizar durante varios días, una gran yerra con esa “caballada loba”, lo que dio motivo a una fiesta anual que desde su audición radial Darío Bence promocionaba diciendo: “Fiesta de Cumbres y Valles Iglesianos donde se baja la caballada loba”.
Me aclara Fernández que lo de “loba” o “lobo”, proviene del apocamiento de “lobuno” (pelo del color o similar al lobo), lo que nos lleva a pensar que quizás por una cuestión de mimetización, el pelaje lobuno tenía (o tiene… creo que dicho encierre aún se sigue haciendo) preponderancia en esas manadas cimarronas.
Ahora bien, más allá de haber conocido algo nuevo en el continuo aprendizaje de usos y costumbres que hacen a nuestras tradiciones gauchas, me parece que atribuirle aquello de “yo le pediré emprestao / el cuero a cualquiera lobo”, a “voltiarle el cuero” a un caballo lobuno para hacer un poncho, resulta un tanto caprichoso y forzado, porque tal término no es de uso común en el ámbito en el que se desarrolla el testimonial poema.
Y entonces… de dónde sacó Hernández tal aseveración…? Pues bien, creemos haberle encontrado el sentido.
Comencemos por recordar que está saliendo de la niñez cuando su padre se lo lleva a los campos porteños del sudeste donde capataceaba y administraba estancias, por caso allá por Laguna de los Padres, en las vecindades de la actual Mar del Plata. Se formará entonces en aquella vida de hombres recios y curtidos; no son campos con poblaciones palaciegas, más vale carecen de ellas; vivirá la auténtica vida de fogón, sin mujeres podría decirse, sin madre ni tía a la vista para sobreprotegerlo.
Este momento que se extendió hasta enero de 1853, pudo haber arrancado en 1843 -según Augusto R. Cortazar- o hacia 1846 -al decir de Jorge Calvetti-, y bien hayan sido 9 años o solo

 


6, lo cierto que es el período en el que está en contacto con el gaucho neto, justo en el momento de la vida en que se es como una esponja absorbiendo información y conocimientos.
Tiempos aquellos de campos sin alambrar, en que los rodeo se debían rondar de continuo, como así también hacer grandes recorridas buscando animales alzados. Probablemente en estas cuestiones, acompañando a su padre, fue que se allegó hasta “las costas de la mar”, aquella “muy galana costa” según definiera Don Juan de Garay en su única entrada a los campos del sud, después que refundara Buenos Aires.
No hay dudas que en estas recorridas, conoció “las loberías”, que en la costa Atlántica se extienden desde el sur de Brasil hasta el extremo austral patagónico, y han dado nombre a lugares, como Isla de los Lobos, frente a la costa uruguaya o “Barranca de los Lobos”, casualmente en la zona por donde anduvo Hernández. Y esto lo afirmamos basados en lo que ahora viene.
Todos saben (o ingenuamente eso creemos), que José Hernández es el poeta que dio vida al libro “Martín Fierro”, ahora… lo que pocos saben y menos han leído, es que nos legó otros libros; uno de esos, muy curioso e interesante se titula “Instrucción del Estanciero”, texto de 11/1881. Por el título se descuenta que es un libro que apunta a mejorar la explotación ganadera de un establecimiento rural, y así es, pero… siempre hay un pero: en la Séptima Parte, su Capítulo III (oh! curiosidad), se titula “Lobos”, y allí da rienda suelta al conocimiento que tiene sobre el tema, y como aconseja hacer rentable, un recurso natural hasta el momento desperdiciado.
Comienza ese Capítulo advirtiendo que el libro se le ha ido muy extenso, por lo que eliminará algunos escritos que considera se pueden obviar, y a otros los abreviará. Casualmente dice: “De este Capítulo extraemos los siguientes fragmentos, referentes a los lobos…”.
Tenía amplios conocimientos sobre el tema, donde quizás su única confusión residía en considerar al lobo de mar y al de río una misma especie solo diferenciada por el tamaño. Y a lo que personalmente había observado, con seguridad le sumó los informes que en 11/1869, le suministrara en forma escrita el Comandante de Marina D. Augusto Lasserre, cuya carta comienza diciendo: “Querido Hernández: Cumpliendo con la promesa que usted me exigió en julio próximo pasado de hacerle la relación de mi viaje a las Islas Malvinas,…”
En la misma, entre otras cosas, le hace un acabado informe sobre las habituales caserías de lobos de mar, del que advierte el gran valor comercial si también se pudiese usar el aceite, además del cuero.
Volviendo al conocimiento propio de Hernández, comienza haciendo un detalle de las costas atlánticas y los sitios visitados por dichos anfibios, y en un punto relata: “De Macedo adelante, toda la costa es formada de terrenos cenagosos, llamados guadales, al pie de los médanos que se extienden hasta Mar Chiquita. Allí empiezan de nuevo pedazos de costa firme, hasta el punto de la Laguna de los Padres, llamada actualmente “Mar del Plata”. Continúa luego describiendo e historiando “Cabo Corrientes”, afirmando que a partir de allí “empiezan recién las barrancas de la costa sud”. Y explica: “El mar hace allí una pequeña ensenada, en forma de herradura, de aguas muy serenas, a donde en cierta estación del año acuden los lobos gordos en innumerables cantidades.”
Los detalles que aporta demuestran que conocía muy bien la geografía y las loberías, y como no hay información que ya hombre haya vuelto a esos parajes, se ve que dicha observación que supo guardar su memoria, provenía de aquellos años adolescentes en que acompañó a su padre, viviendo por Laguna de los Padres.
Continúa describiendo: “Los gauchos, que en todas partes son parecidos en eso de acometer empresas audaces, hacen escaleras de lazos y se descuelgan de las barrancas, a matarlos. (…) Allí mismo se beneficia la grasa y se preparan los cueros que se exportan enseguida para Inglaterra, donde son muy estimados. En Londres, las señoras y señoritas adornan sus trajes con pieles de lobo, y hacen chaquetillas, manguitos y muchas otras cosas. Tiene un valor considerable.”

 

 

Aclarado este punto no nos quedan dudas que cuando canta: “yo le pediré emprestao / el cuero a cualquiera lobo-”, se refiere concretamente a los lobos de mar.
Y hubiésemos solucionado este entuerto muy fácilmente, de habernos remitido de entrada al libro “Vocabulario y Frases de Martín Fierro”, de Francisco I. Castro, ya que sobre el verso en cuestión, aclara: “lobo marino”, y sobre la pata nos da otra referencia, el momento aquel del poema en que llega a la pulpería un negro con su china, aquella que a raíz de la pelea entre Fierro y el negro, “empezó la pobre allí / a bramar como una loba”. Afirmado esto por el hecho de que cuando los lobos buscan la serenidad de una ensenada costera, sucede porque es época de cría, y al momento de la cacería se produce una gritería infernal, de allí lo de “a bramar como una loba”.
Lindo debería ser tener uno de esos ponchos, bien descarnado y sobado, ya que como dijo “el Tata”, resultaría en la práctica cuando los días de lluvia:“mejor que poncho encerao”.


* Ver El Tradicional N° 139 (11/2015)